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domingo, 22 de septiembre de 2019
El guirigay de los debates en televisión PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Josep Mª Sanmartí. Profesor Univ. Carlos III de Madrid   

Abundan en los medios audiovisuales unos programas que con formato de debate en realidad distorsionan la información al ciudadano y obstaculizan sus tomas de decisión, empezando por el voto, con la debida madurez y serenidad. sanmarti (1).jpg

Aunque están todos cortados por el mismo patrón, su característica principal es la ausencia total de acuerdos, de posibilidad de entendimiento sea cual sea el tema que se discuta. No se trata de argumentar  e intentar convencer al interlocutor, o dejarse convencer si sus razones son mejores, sino de discutir por discutir hasta que concluya el tiempo. ¿Se imaginan que en el transcurso de un programa de éstos, algún participante le dijera a su contrincante que tiene razón, que sus argumentos son más convincentes y que modifica o retira los suyos? Habría un pánico general, ya que la controversia, a poder ser convertida en bronca tabernaria, tiene que cumplir el tiempo previsto (una hora, dos, tres... las que sean) sin decaer ni un solo minuto, se hable de lo que se hable y pase lo que pase. Se dice que en ocasiones los participantes incluso reciben instrucciones del regidor para orientar la discusión y darle más dramatismo. En cualquier caso, no hay, no puede haber conclusiones, ni aproximaciones dialécticas, ni por supuesto avenencias. Sólo una pelea televisada.

Para ello se recurre a verdaderos profesionales de la polémica, muy habituados a estos planteamientos y que en el guirigay propio de estos casos, acaban repitiendo las tesis  de los partidos, medios o grupos de presión a los que se asocian. Naturalmente que no todos son iguales, ni mucho menos. Los hay más serios y los hay menos o nada rigurosos. Ciñéndonos a los periodistas, se podría distinguir entre aquellos que tienen datos de primera mano, que siguen de cerca la información diaria y la elaboran, por ejemplo asistiendo a debates, ruedas de prensa, congresos, actos, etc., y aquellos que hablan de oídas y con frecuencia con unos simples titulares de prensa como única fuente para armar "ruido". En ciertas ocasiones son complementados por entendidos que o bien muestran su estupor ante el desbarajuste dialéctico, o bien lo amplían con sus intervenciones en la misma línea.   

No pasaría nada si estos pseudodebates aparecieran y se identificaran como lo que son de hecho, un espectáculo. Lo malo es que sustituyen a los verdaderos. Es decir, los protagonizados por expertos seleccionados para cada tema y ocasión, con periodistas preocupados por aclarar el asunto en cuestión (no haría falta que fueran imparciales, bastaría con que no fueran sectarios) y no por añadir más leña al fuego. Intervinientes que ofrecieran raciocinios y pruebas y, como decía antes, que intentaran convencer a los oyentes y se dejaran convencer ante razones mejor fundadas. Y por encima de todo, debates en los que se intentara de verdad llegar a entendimientos, aunque esto no sea imprescindible, se puede terminar el debate en desacuerdo. Y dicho sea de paso, en los que no hablaran todos a la vez y aturdieran a las audiencias a gritos. Y no vale limitar el desorden escondiendo el micrófono, hay que hacerlo desde el que está en uso de la palabra.

No estoy hablando de nada raro, porque debates de este tenor han existido y en algunas cadenas aún se mantienen, si bien como programas pensados para  audiencias muy minoritarias y a horas intempestivas. El problema, como digo, es que han desaparecido a favor de estos otros sucedáneos, destinados simplemente al circo mediático con aires de importancia simplemente porque se hable de política y de elecciones.  El periodismo, y específicamente el político, tiene recursos de sobra para realizar auténticos debates con formatos que interesen a audiencias amplias, como se ha hecho con otras especialidades. Basta conocerlos y sobre todo tener ganas de aplicarlos.         

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