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domingo, 22 de septiembre de 2019
DOS DEBATES Y DOS ESTILOS DE HACER POLÍTICA PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Elviro Aranda   

aranda.jpgYa hemos consumido más de la mitad de la campaña electoral y se han celebrado los debates electorales largamente esperados. ¡Felicidades por su recuperación después de quince años! Creo que la democracia ha ganado mucho. Es cierto que existen otras fuerzas políticas, y también existen otros debates, pero el debate entre el PSOE y el PP era la confrontación entre el candidato del quién gobierna y el candidato de la primera fuerza política de la oposición.

Han sido dos debates que han estado a la altura de lo que esperábamos. El primero de balance de legislatura, donde los candidatos dejaron entrever lo que habían hecho en los cuatro años.

Zapatero relató su política de empleo, con la creación de tres millones de puestos de trabajo; la mejora de las cuentas públicas, con un PIB que dobla el del resto de los países de la UE y un superavit del 2.3 % del PIB; la conquista de nuevos derechos; la extensión del Estado social; la reorientación de la política internacional o el empeño en una política comprometida con la educación, el conocimiento, el desarrollo y la innovación, en especial, en los sectores de nuevas energías y en la lucha contra el cambio climático.

Rajoy se esforzó por presentar los problemas de las familias para llegar a final de mes. Habló de los precios de los productos de primera necesidad, de las hipotecas y de la despensa llena que, según él, dejaron cuando se fueron del Gobierno. Hasta aquí bien, se esté o no de acuerdo, pero después se deslizó a terrenos más “pantanosos”; sobre la inmigración desbocada, las regularizaciones de efecto llamada y el peligro de los inmigrantes para los derechos de los españoles. Tampoco faltó el terrorismo y la acusación de que Zapatero traiciona a las víctimas, para rematar con que España se resquebraja con la aprobación del Estatuto de Autonomía de Cataluña.

El segundo debate era el de las propuestas de futuro, el de los proyectos para los próximos años. Zapatero inició su exposición con propuestas claras: dos millones de nuevos empleos; más estabilidad y seguridad laboral; más crecimiento de nuestra economía, que tendrá que diversificarse más; más mejoras en las pensiones y en el salario mínimo interprofesional; más obra pública para amortiguar el frenazo de la construcción de viviendas. Hasta aquí todo bien. Pero llegó el turno de Rajoy, y nuevamente apareció el precio de la leche, los huevos, el azúcar y las patatas. Rajoy descargaba con énfasis desesperado: “señor Zapatero la inflación se ha doblado y usted no hace nada para evitarlo”, “las hipotecas suben y suben y usted tan sólo nos cuenta que todo va bien”. En ese momento muchos entendimos que Rajoy había optado por “embarrar el campo” y olvidarse de las propuestas de futuro.

Tocó hablar de derechos y libertades y Zapatero siguió desgranando nuevos proyectos para desplegar algunas de las leyes estrella de la legislatura que acaba: Ley de dependencia, Ley de igualdad, apoyo a las familias o a la política educativa. Entra en escena Rajoy y no tarda dos segundos en despreciar los importantes temas que el Presidente había puesto sobre la mesa y se mete en la inmigración, ya no para descalificar políticas, sino para decir directamente que los inmigrantes roban los servicios sociales a los españoles. Claro que se olvidó que los inmigrantes también trabajan, cotizan al Estado y por tanto también tienen derechos y se olvida que, si lo que sucede es que tenemos más población con necesidades, lo que hay que hacer es ampliar esas prestaciones.

Rajoy a estas alturas ya había fijado sus pretensiones para el debate: cero propuestas de futuro y cuanto más se hablase del pasado mejor. Tan interesado estaba en el pasado que se metió en, iba a decir en el charco, pero ¡no! en el pantano de la guerra de Irak y el 11 de marzo y allí hizo las dos afirmaciones que le costaron el debate: primera, que Zapatero había apoyado la guerra de Irak (¡eso sí era una primicia mundial!); segunda, que los socialistas habíamos ganado las elecciones del 14 de marzo por la Guerra y el 11 de marzo; claro que se olvidó que el 14 de marzo los que decidieron fueron los españoles con su voto. Este discurso es el discurso del PP de toda la legislatura, el discurso de la deslegitimación de los resultados electorales de unas elecciones pasadas, y llega el momento de hacer propuestas para que los ciudadanos le voten el 9 de marzo de 2008 y Rajoy nuevamente presenta su obsesión: ganar las elecciones de 2004 ¡Suficiente para una derrota total!

Rajoy desaprovechó la oportunidad que tenía para presentarse como un estadista, como un hombre con el Estado en la cabeza, con un proyecto para ganar España y hacer progresar el país; sin embargo, renunció a ello para presentar sus obsesiones y reclamar la victoria del 2004. Rajoy se presentó como un líder encasquillado en una estrategia de pasado y tan empeñado en no corregir ni los errores que sus últimos segundos fueron para su “niña feliz” que “tan buenos réditos le había dado en el debate anterior”.

Zapatero aprovechó la oportunidad para lanzar propuestas de futuro, proyectos para los próximos años y corrigió cuestiones del debate anterior no tolerando que se le acusase y se le difamase sin la correspondiente réplica. Dio el primer golpe de efecto cuando presentó un libro blanco sobre los datos que iba a manejar para que todo el mundo lo tuviese y pudiera contrastar su veracidad y remató con una declaración que, a buen seguro, todos los españoles querían oír: que el PSOE apoyará sin condiciones al gobierno que salga de las urnas en política antiterrorista.

Los debates han sido un éxito de audiencia, han clarificado dónde está cada uno, es cierto que muchos españoles lo intuían, pero han podido verlo directamente. El PP nos acusa constantemente de que los socialistas siempre hablamos de pasado, pero cuando llega el momento de confrontar ante la televisión los modelos resulta que es Zapatero el que presenta el proyecto de futuro y Rajoy el que está obsesionado con seguir con argumentos viejos para deslegitimar unos resultados electorales que ya han caducado. ¡Dos estilos políticos! Usted decide.

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