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domingo, 22 de septiembre de 2019
El peso de los imponderables PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Josep M. Sanmartí. Profesor Univ. Carlos III de Madrid   

Es verdad que una buena campaña electoral puede dar la victoria a un partido, pero también lo es que se puede perder unas elecciones con una campaña igualmente buena. Es muy fácil diseccionar a toro pasado los errores cometidos, que pueden ser detectados de la misma manera en el lado ganador. sanmarti (1).jpgY es que la necesaria simplificación de las campañas y de los análisis postelectorales nos hace olvidar con excesiva frecuencia que nos encontramos ante fenómenos enormemente complejos se mire por donde se mire. Por ejemplo, no se puede reducir un resultado a la simple imagen de un personaje por muy líder que sea o por mucho que se personalice el mensaje.

La formación de la voluntad de cada ciudadano sigue vericuetos muy intrincados y desemboca en actitudes distintas e incluso muy distintas por más que coincidan en la papeleta. Cada uno busca sus razones que en las  sociedades modernas y democráticas son muy complicadas por definición aunque a uno mismo no se lo parezcan. Los medios de comunicación recogen esta complejidad y la ayudan, dando lugar a un verdadero bombardeo de mensajes distintos y en ocasiones contradictorios, que obligan al elector a orientarse en una verdadera jungla de impactos informativos y de impresiones fragmentadas. Al final conforma su voto por medio de intrincados procesos personales, y por otra parte es deseable que así sea para evitar los fanatismos simplones y reduccionistas, que también los hay.

La superficie, la parte más visible de cualquier etapa electoral suele ser esquemática por fuerza. Con frecuencia las cosas se explican mediante cuatro pinceladas del sistema electoral, la personalidad de un dirigente o un hecho concreto, como puede ser un atentado. Pero en realidad todos los votantes asumen estos datos de una forma distinta, los procesan conforme a una metodología diferente y finalmente deciden según su criterio personal por muy influido que esté. Que estas determinaciones confluyan después en determinadas candidaturas es harina de otro costal; las motivaciones, incluso las de los que votan lo mismo, son muy variadas. Me contaba un amigo agricultor que él vota a uno de los grandes partidos porque su cuñado vota al otro y así puede fastidiarlo. Y mientras tanto, ya pueden desgañitarse los candidatos ante una decisión basada simplemente en unas malas relaciones personales.

Viene esto a cuento porque en los planteamientos de las campañas y en las interpretaciones de los resultados se suele pasar por alto este aspecto, y por ello es tan difícil encontrar balances que lo expliquen todo, salvo con explicaciones muy genéricas. Siguiendo las tesis de Nassim Nicholas Taleb, hay muchos imponderables que no se pueden regular, reacciones inesperadas por ejemplo ante una frase, un gesto o un hecho aparentemente inocuo, y por esto la gente se pregunta sistemáticamente si "esto va a influir o no en las elecciones". No hay forma de saberlo de antemano. Los publicitarios conocen muy bien estos movimientos pendulares de la opinión pública tan difíciles de prever y de explicar cuando ocurren. Las encuestas "aciertan siempre que no pase algo fuera de lo previsible como el 11-M", afirma Fernando Vallespín, director del CIS.  Naturalmente, lo malo es que suele ocurrir este "algo"...

Por esta razón, sin negar el peso de los elementos estructurales y la validez de los grandes análisis, a la hora de descifrar las elecciones no podemos pasar por alto que en ellas también juegan las emociones incontrolables, tan legítimas como los raciocinios: el miedo, el interés, el odio y el amor, las supersticiones y las manías, el patriotismo, el pasotismo, el resentimiento, las primeras impresiones, y un largo etcétera. A saber lo que pasa por la cabeza y el corazón de cada elector.    

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