LA POLITICA DE LAS VIRGENES NECIAS
Escrito por Jaime Ignacio del Burgo   

del burgo (2).jpgLa economía parece haberse impuesto sobre la política en el último tramo de la campaña electoral. A los ciudadanos les preocupa su bienestar y muchos sienten ya o presienten que las cosas van mal y que no se puede permanecer de brazos cruzados. El Gobierno se escuda en la “desaceleración” mundial cuando hasta ahora nos decía que España estaba en mejores condiciones que nadie para afrontar cualquier situación de crisis pues crecía y crecía cuando otros las estaban pasando canutas. Hubo advertencias de Rajoy a Zapatero y Solbes para que dejáramos de mirarnos al ombligo. No le hicieron ningún caso. Se comportaron como las vírgenes necias de la Biblia.

A pesar de que gracias al empeño de Mariano Rajoy al final se ha conseguido hablar de los problemas reales de los ciudadanos, el debate nacional permanece con fuerza en la propia campaña. El mismo Zapatero se ocupa de ello cuando proclama a los cuatro vientos que España está hoy más cohesionada que nunca y que el riesgo de ruptura sólo existe –igual que la crisis económica- en la mente catastrofista del Partido Popular.

Muchos ciudadanos han creído hasta ahora que no pasa nada por el hecho de que nos hayamos entretenido en debatir sobre el ser o no ser de España, sobre si somos una nación (para Zapatero la nación es un concepto discutido y discutible) o un conglomerado de naciones; sobre si debemos convertirnos en un Estado plurinacional o en una confederación de naciones; o si habría que reconocer a algunos -o a todos- el derecho a decidir, expresión con la que se trata de edulcorar el derecho de autodeterminación puro y duro. Muchos piensan que todo esto es cosa de políticos y en algo tienen que entretenerse. Olvidan que cuestionar la esencia y la existencia de una nación como España tiene una influencia directa en la economía y repercute, tarde o temprano, en el bolsillo de los ciudadanos.

Todo el mundo sabe, menos Rodríguez Zapatero, que los inversores internacionales no se mueven por un afán altruista ni por ganas de aventura, sino para obtener un beneficio razonable a sus inversiones. Las decisiones de las multinacionales se toman a medio y largo plazo después de profundos estudios de prospectiva. Hoy España está en el ojo del huracán a causa de las tensiones provocadas por el nacionalismo exacerbado de vascos y catalanes que el presidente del Gobierno no sólo no ha querido controlar sino que alegremente ha impulsado.

No puede ocultar que en la pasada legislatura convirtió ERC en su principal socio parlamentario en el Congreso, después de haberle entregado importantes responsabilidades en el gobierno de la Generalidad tras la firma del antidemocrático pacto del Tinell. Permitir que en su calidad de vicepresidente y “ministro de Exteriores” del gobierno de la Generalidad, Carod Rovira se pasee por el mundo anunciando la buena nueva del separatismo catalán es una irresponsabilidad que España pagará muy caro. Máxime si se tiene en cuenta que el gobierno catalán está presidido por un compañero de Zapatero.

Lo mismo ha ocurrido con la cuestión vasca. Haber llevado al Parlamento Europeo el debate sobre la resolución del Congreso que autorizaba al Gobierno para negociar con ETA, fue un hachazo contra la unidad nacional al aceptar las exigencias de ETA sobre la “internacionalización del conflicto político”. Esta actuación de Zapatero ha tenido efectos demoledores. No es de extrañar por ello que no sólo los dirigentes serbios sino hasta el presidente ruso hayan declarado que la independencia unilateral de Kosovo sería un buen precedente para las aspiraciones de vascos y catalanes.

Se quiera o no reconocerlo, en España existe “riesgo de balcanización”. Zapatero se rasga las vestiduras cuando oye esta expresión. Pero lo cierto es que no sólo no ha hecho nada por evitarlo. Más aún, se ha divertido echando gasolina al fuego. Lo peor de todo –en esto, como en tantas cosas- es su ceguera. “Hoy España está más cohesionada que nunca. ¿Acaso se ha roto España?”, repite un día sí y otro también. No se ha roto formalmente, pero si se han abierto grietas muy preocupantes en el edificio constitucional. España ha dejado de ser una nación de ciudadanos libres e iguales.

Y al paso que vamos, no es de extrañar que algún día en el Parlamento vasco o en el catalán los nacionalistas nos arrojen a la cara una proclamación unilateral de independencia. “Sería una locura, nadie quiere eso”, dicen separatistas y los propagandistas del gobierno. Por desgracia, mientras la lucha de clases ya no lleva a nadie a las barricadas en Europa, en muchos lugares burgueses y proletarios se han dado la mano a la hora de compartir movimientos de “liberación” nacional que tarde o temprano generan violencia o, en cualquier caso, son una amenaza para la libertad y el ejercicio de los derechos fundamentales.

La comunidad internacional sabe que en el País Vasco el presidente de su Gobierno autónomo ha anunciado la celebración de un referéndum de autodeterminación para el 25 de octubre de este mismo año. En Cataluña van con retraso y sus independentistas sueñan con decidir si se quedan o se van de España en el año 2012. Por otra parte, todo el mundo sabe que el gobierno español ha negociado con los “separatistas” vascos.

A todo esto se une que las pésimas relaciones de Zapatero con los Estados Unidos, donde hemos vuelto a ser irrelevantes, están haciéndose sentir en el terreno económico. Ya no podemos presumir de ser los principales receptores de la inversión norteamericana en Europa.

Con estas perspectivas, muchos analistas internacionales consideran a España como país de riesgo con gran perjuicio para el bienestar de los españoles. La política y economía, aunque algunos hasta ahora hayan vivido en la inopia, van de la mano. Que no se olvide.

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