COMUNICAR EUROPA, CONTROLAR EUROPA

Los comensales se sientan a la mesa para el almuerzo. De la cocina sale una fuente que desprende unos olores exquisitos. Los presentes, antes incluso de probar bocado, ya hacen comentarios sobre la magnífica presentación. guardans.jpgY sin embargo, sólo los anfitriones saben el secreto: horas antes ese plato, esa salsa, estaban a varios grados bajo cero, y tenían un aspecto casi desagradable, y en cualquier caso no apto para el consumo sin un paso por el horno y, preferiblemente, un mínimo de decoración culinaria. Pero, realmente, ¿quién ha cocinado aquí? ¿El ama de casa o la empresa que se le vendió casi hecho?

El Parlamento europeo es, en la mayoría de los casos, ese fabricante de lasaña y pollos congelados. Su legislación, a pesar de tener un impacto enorme sobre cerca de 500 millones de personas, apenas es reconocida por esos ciudadanos, quienes con frecuencia siguen creyendo que son sus políticos más próximos quienes han tomado las decisiones que les benefician, aunque –eso sí- son conscientes de las maldades de Bruselas que esos mismos políticos no dudan en recordar cuando han de adoptar decisiones impopulares. Y los medios de comunicación, unas veces por pura ignorancia, y otras por las reglas mismas de la inmediatez informativa, darán como noticia a sus lectores o espectadores el momento en que el producto sale de la cocina a la mesa, y no el momento en que el producto fue realmente cocinado tal como es.

Por eso pocos trabajadores son conscientes de que la inmensa mayoría de las normas sobre seguridad en el trabajo, o sobre no discriminación e igualdad de trato son como son y dicen lo que dicen porque así lo votaron diputados europeos. Como tampoco saben la mayoría de los consumidores (ni se lo cuentan sus asociaciones) de dónde salen, si no es de la Eurocámara, las normas que les han ido fortaleciendo en cada uno sus derechos, a favor de la transparencia, del etiquetaje, de la publicidad, del crédito al consumo o de la reclamación ante productos defectuosos. Podría seguir con los derechos de los discapacitados, con la legislación de protección de datos, con el medio ambiente y el tratamiento de residuos; o con otras medidas no legislativas como el apoyo a las PIMEs frente a las grandes corporaciones en la negociación de nuestro comercio exterior. Todo eso es el Parlamento europeo. Y eso es lo que está en juego en las próximas elecciones de junio.

Porque aunque los partidos a veces se empeñan en hacer de esas elecciones un simple termómetro de su situación en la política interna, la realidad es que nos jugamos mucho todos en cómo queden las mayorías en es cámara, y en el perfil de las personas que enviemos para nuestra representación. En cuanto a las mayorías, el reciente voto sobre la Directiva de loas 65 horas ha recordado a más de uno cuántas cosas, aún las que parecen más consolidadas, son reversibles y pueden cambiar si una mayoría parlamentaria lo decide o no lo impide. Y en cuanto al perfil, porque en un Parlamento sin auténtica disciplina de voto, y alejado del férreo control de los partidos que conocemos aquí, hay mucho espacio para la iniciativa parlamentaria y la acción política del diputado o diputada que tenga ideas y quiera trabajar. Mejor aún si no es un simple francotirador, y sabe buscar el apoyo político de colegas de otros países que darán eco y fuerza a sus iniciativas.

Por eso, cuando la extrema derecha formó un nuevo grupo parlamentario en Estrasburgo, y muchos reaccionaron asustados, algunos vimos en cambio una gran oportunidad de hacer entender mejor a los ciudadanos qué se juegan en las elecciones europeas. Porque cada abstención es en realidad un apoyo indirecto a los extremos de la Cámara.

¿Y los medios? Los medios, y en especial aquellos que se dedican a la comunicación política, tienen en todo esto una inmensa responsabilidad. Porque sin periodismo político no hay democracia que valga. Sin información, no hay diputado vago ni diputado trabajador, diputado semi-corrupto o diputado honesto, diputado incapaz o diputado eficiente. Todo puede quedar en una masa amorfa de personas que no suscitan ni respeto ni rechazo y de las que apenas se sabe qué hacen ni qué defienden ni qué deciden en nombre de sus votantes españoles cuando trabajan a 900 km de su ciudad de origen. Y con ello, nadie les pide cuentas, como tampoco a sus partidos.

Queda mucho por hacer, mucho por mejorar para informar de una realidad parlamentaria que tan poco tiene que ver con la política hecha a golpe de canutazo. Las nuevas tecnologías van a ir cambiando muchas cosas, con los debates o los votos fácilmente accesibles en internet, y los blogs de unos y otros acercando la realidad de lo que sucede tan lejos. Pero sigue siendo necesario un poco más de esfuerzo por parte de los comunicadores. Las nuevas elecciones ponen el contador a cero. Veremos.


Ignasi Guardans

Diputado al Parlamento Europeo por CiU,

en la Alianza de Liberales y Demócratas por Europa (ALDE)

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